Existen
muchos dichos en la cultura popular, uno de ellos menciona “los niños siempre
dicen la verdad”. Pues bien, estamos de acuerdo con esta afirmación.
Los
niños son pequeños corazones que no encuentran maldad en el actuar de las
personas. Son ellos quienes llevan sus ojos un brillo especial que puede animar
a cualquiera; pero también pueden hacer que una mamá se torne roja como un
tomate.
Alguna
vez estuviste en un escenario en el que contestaste el teléfono y tu mamá
estaba tan ocupada que te dijo; “Si me llaman di que no estoy.” Entonces,
dijiste, “Hola tía. Si, soy yo. ¿Mi mamá? Bueno, dice que no está.” No
terminabas de decir la frase cuando te encontrabas con la cara de a metro de tu
mamá, quien raudamente cogía el teléfono y decía, “Hola comadre. ¡Ay! Esta
chica diciendo tonterías. Dime”. Sin embargo, ya sabías que desde que tu mamá
tuvo que sentarse en el teléfono debías buscar un lugar seguro para no recibir
la requintada.
La
inocencia de los niños es admirable y el mejor ejemplo de cómo deberíamos ser
los adultos. Ellos viven felices siendo únicos y despreocupados por tantas
cosas irrelevantes con las que “los grandes” nos preocupamos. Pensemos en poder
imitar su simpleza para disfrutar la vida.
Cuéntanos
si alguna vez fuiste esa niña que dijo, “Mi mamá dice que no está” o si has
estado en el papel de la mamá que corre al teléfono para “arreglar” lo dicho
por su hijita.

Muchas veces actúe con inocencia, y no solo con mi mamá, sino también con mi abuelo, a quién una vez le pregunté porqué había señores que vendían caramelos y frutas y él me dijo "por que no estudiaron". A su modo quería inculcarme el hábito de estudiar, asi que, cuando llegamos al puesto de su sobrino que vendía frutas, le dije que el no había estudiado, porque mi abuelito me había contado que los que no estudiaban terminaban así. Los dos tenían la cara hasta el suelo y yo el rostro de "¿Y ahora qué dije?".
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